El calor del verano impregnaba toda la casa, junto con las notas de las Cantigas que salían alegres de los altavoces del tocadiscos, mientras Célia limpiaba el polvo en el salón. Cuando al pasar el plumero por una de las estanterías, algo llamó su atención. –¿Y esto… qué…? An, An… ¡Ana!, ¡Ana!
Su compañera no tardó en aparecer. –¿Qué pasa? Ya estoy aquí, dime qué te pasa ¿Te has caído?
–No, estoy bien, es que hay algo ahí dentro.
–¿Aquí?
–Ten cuidado, igual te salta a la cara.
–Tranquila, cariño ¿…qué es esto?
–No lo toques.
–Si no lo toco, no lo puedo sacar. Espera, pásame tu plumero, el mío es muy corto.
–Ten cuidado.
–Sí, no te preocup…
–¡Se ha movido!
–Joder… que susto… relájate nena, lo he movido yo.
–¿Es una rata peluda?
Ana comenzó a reír mientras metía el brazo hasta el fondo de la estantería. –Tú sí que eres peluda… –Replicó riendo a carcajadas. –Mira lo que es.
–C’est dégueu… ¿Qué es eso?
–Solo es la vela que nos regaló Marcela por Navidad. Se ha debido de deformar con el calor que ha hecho estas últimas semanas.
–Menudo susto me ha dado…
–Ven… ¿Ya estás más tranquila?
Célia le correspondió el abrazo. –Sí… menos mal que estás aquí conmigo. ¿Sabes? me ha gustado mucho cuando has aparecido corriendo, preocupada por mí.
–¿Cómo un príncipe azul?
–Mejor, mucho mejor que eso… tú eres de verdad.
–Y aquí me tendrás, con o sin espada. –Contestó al besarle la cabeza.
–Me gusta cuando llevas la espada.
–¿Qué espada?
–La del arnés.
–Pero… serás guarrilla, oye ¿A dónde vas?
–A la cama… En garde, prince charmant !