Runa de miel

Tarta

Las luces de navidad se reflejaban en los charcos de nieve derretida, que cubrían todo el centro de la ciudad. Célia caminaba junto a Ana, cogida de su cintura, mientras ella le pasaba el brazo por encima de los hombros, abrazándola. Y aunque hacía bastante frío, no era el principal motivo que las hacía caminar así.

—¿Te están gustando?
—Me encantan, cada año las ponen más bonitas, mira esas de allí, como brillan.
—¿Y esas? Parecen gotas de agua.
—Es verdad, que efecto tan conseguido. An, me encanta venir a ver las luces de navidad contigo.
—Y a mi verte así de feliz ¿Vamos a por algo de comer? Por allí hay unos puestos.
—Vale.
—Llevo toda la tarde oliendo dulce, menudo antojo llevo. Ojalá tengan gofres, me pienso comer tres.
—Ah, puede que sea yo.
—¿Tú?
—Si, es mi nuevo perfume. Mira huele aquí…
—Coño es verdad. Nena, hueles a tarta.
—¿No te gusta?
—Me encanta, el problema es que me dan ganas de comerte.
—Pues vaya problema ¿Y a qué esperas?

Ana sacó a relucir su irresistible sonrisa. Y jugando con el calor que salía entre sus labios, recorrió el cuello de Célia. Parándose justo detrás del lóbulo de su oreja, para darle un pausado beso. Seguido de un susurro, que recorrió la espalda de su compañera, convertido en escalofrío. —A que lleguemos a casa…

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