El sendero por el que caminaban se volvió estrecho y ascendente, obligándolas a caminar la una detrás de la otra, entre rocas enormes con forma caprichosa. De su mochila colgaba un pequeño llavero de la torre Eiffel, que danzaba risueño con cada paso que daba.
—Vaya ritmo llevas nena, me está costando seguirte… ¿Célia? —Ana no obtuvo respuesta —¡Célia Dubois!
—Dime, cariño.
—Te estoy hablando.
—Perdona, estaba distraída.
—Te decía que vas muy rápido.
—¿Así mejor? Mira, desde aquí ya puedo ir a tu lado.
—Mucho mejor. Que bonito es esto ¿verdad? y qué bien huele todo.
—Es precioso, mi mente vuela entre los arboles de este bosque.
—No hace falta que lo jures. Mira que pedazo de roble, entre las dos no lo abrazamos.
—Escucha, Ana…
—¿El qué?
—Escucha al bosque, cierra los ojos un momento.
Ana cerró los ojos. Y la brisa, fresca entre las ramas de los arboles, comenzó a contarle secretos que no terminaba de comprender, en un idioma que no conocía, pero que le resultaba tremendamente familiar.
—Así se ve el bosque de otra forma.
—Todo se ve de otra forma si te paras a escucharlo, con las personas pasa lo mismo.
—Tienes toda la razón.
—Vamos por allí.
—Por ahí no hay sendero, a ver si nos vamos a perder.
—No nos perderemos, ya sabes que me oriento muy bien, y además, llevo mi brújula.
—Vamos pues.
—A veces, si sales del camino que otras personas han marcado, encuentras cosas asombrosas.
—Estás muy inspirada, me gusta verte así.
—Es el bosque.
—Y que bien te queda.
—¿Me queda bien el bosque?
—A juego con tus ojos. —Célia sonrió, y al girarse para cogerse del brazo de Ana, resbaló con una piedra húmeda, cayendo al suelo. —¿Estás bien? —Preguntó Ana, al ponerse de rodillas a su lado. —¿Te has hecho daño?
—Solo me duele el orgullo. Pero me ofendería mucho si teniéndome aquí tumbada entre helechos, no aprovecharas para darme un buen beso.
—Si mi chica quiere besos, yo los tengo todos…