Runa de miel

Tristeza errante

Llevo varios días triste, no sé muy bien por qué. Pero me invade la melancolía y el desánimo. Supongo que es como esos días en los que parece que estoy en celo, y pronto pasará. Así que le daré la importancia justa.

Antes de tener la bicicleta, y tomar todas las decisiones que he tomado. No me importaba quedarme en casa encerrada, así pasaran semanas, meses e incluso algún año. Al no percibir bien el tiempo, es algo que no me afectaba. Pero desde que voy sobre dos ruedas, hay algo más. Y es la necesidad de sentir la libertad que me envuelve, cuando poso mis manos en el manillar, y el viento me despeina.

Estos días ha estado lloviendo mucho, y no había podido salir ni a dar un pequeño paseo. Pero hoy por fin ha escampado, y no me lo he pensado dos veces. De verdad lo necesitaba.

He pedaleado sin rumbo, o al menos, sin uno consciente. Y al final he terminado en el jardín botánico. Donde mi tristeza errante se ha deslizado por las ramas del mirto, el espino de fuego y las copas del liquidámbar. Aunque por desgracia, no se ha quedado enredada en ninguna.

Al salir de allí, ha venido a mi mente el gran amor que me hacía suspirar hace años. Bueno, seguro que si me la encontrara ahora mismo, me haría suspirar igual. Para qué nos vamos a engañar.
No hay nada de malo en seguir amando, lo malo es cometer los mismos errores. Y por suerte, ya no soy la tonta que era entonces.

Y suspirando he llegado hasta aquí. Sigo triste, pero algo bueno ha tenido pedalear. Ya que al menos, me he animado a escribir un poquito. A exteriorizar lo que siento, aunque no sepa muy bien el por qué.

Cuánto bien me hace la bicicleta… eso sí que lo sé.

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