Une feuille dans la forêt
Hoy por fin he podido salir con la bicicleta, sin preocuparme por el clima. Con tanta borrasca seguida, creo que hacía un mes que no podía hacerlo. Y lo necesitaba con urgencia, igual que necesitaba al bosque.
Así que al bosque he ido.
Ha sido una semana que me ha llevado a la saturación mental, al agobio, la decepción y la impotencia. Las motivos han sido varios y por sí solos, los habría podido superar. Pero todos juntos ya eran otra historia. Y de ahí la imperiosa necesidad de llegar hasta el bosque, poder conectar de nuevo, y meditar sobre todos estos asuntos en un lugar seguro.
Entre esas cuestiones, está la de darle demasiada importancia a lo que digan ciertas personas, que en realidad, ni siquiera conozco. De normal, es una cuestión que me habría dado igual, pues ya estoy cansada de escuchar siempre lo mismo, y seguro que no habría trascendido a estos niveles. Pero estar tanto tiempo en casa, con «demasiado» tiempo libre y viendo un drama detrás de otro. Al parecer, me habría puesto sensible y receptiva de más. De todos modos, una vez que alguien me hace daño, de forma intencionada o no, que para mí casi es peor enterarme de rebote, porque ahí se ven las intenciones sin filtro. Me decepciono y no puedo volver a mirar a esa persona con los mismos ojos. Sobre todo si atenta con tanta alevosía contra mi estilo de vida, mi identidad y mis principios. Así que sin rencores ni maldad, pero mejor cada une por su lado.
Y es que yo con la confianza suelo ir al revés. De primeras la doy toda, sin reserva, como en el amor. Pues creo de verdad, que la mayoría de las personas son buenas, y no tengo por qué desconfiar. Y es la persona en quien la deposito, la que la mantiene intacta, o no. Con sus actos, con sus palabras, etc. Es algo que no sé hacer de otra forma, y aunque no suelo esperar nada de nadie, porque yo no quiero a Andrés por interés, a veces, como en esta ocasión, hay sorpresas. Pero vamos, que más que culpa de otras personas, todo esto ha sido culpa mía. Por darles más importancia de la que merecen. Al menos, en mi vida. Pues tampoco quiero decir que no sean personas importantes más allá de mi círculo. Todes lo somos, de una forma u otra.
Eso, además de otros asuntos, incluido uno médico, que no es grave pero a ver si pasa ya. Se ha juntado con algo relacionado a la bicicleta. Y no es nada más y nada menos, que darme cuenta de que soy una floja. Asombrosamente resistente, pero una tremenda floja. Y no voy a poder llevar las alforjas como quería llevarlas, porque literalmente, no voy a poder con ellas. No tengo la fuerza suficiente.
Batacazo contra la realidad, que me ha trastocado casi todos los planes que tenía en lo referente a viajar y a vivir en la bicicleta, que no eran pocos, ni poco detallados. Así que toca empezar de nuevo, pero añadiendo un remolque a todos esos planes, que de verdad espero que sea la solución. Lo que me abre todo un mundo de posibilidades, aunque se haya cerrado el anterior. Que bueno, mirándolo ahora con la mente despejada, tampoco está tan mal.
En el bosque he sido feliz, igual que lo soy siempre que piso su extensión. Y aunque estaba casi todo inundado como no lo había visto hasta ahora. Pues no sé cuántos metros había subido el agua en total, pero mínimo, dos metros si que lo puedo asegurar. Aunque eso es lo que he visto hoy, claramente había subido más, y estaba todo lleno de lodo. No imagináis como he llegado a casa, ni como está la bicicleta.
Aún así, he encontrado un camino, gracias jabalís, que me ha llevado hasta un rinconcito precioso, donde ya empezaba a oler a primavera. Y donde me he podido relajar con la flauta, hablar con los pájaros (porque yo sé hablar en búho, no sé si lo había contado ya). Y también, claro está, he podido meditar sobre todos estos asuntos que tanto me estaban perturbando. Llevándome lo siguiente como aprendido: