Runa de miel

Tristán

Eran los años del flogisto, el don natural que resultó tan falso como la moralidad con la que compartía época, aunque eso tampoco es que haya cambiado mucho.

De las vestimentas solo diré que me resultaron tan cómodas como caminar a pleno sol, un día de verano con el cielo despejado. Ah, pero llegó Versailles… y entre las ratas y la opulencia de la corte, no me avergüenza decir que me sentí como en casa.

Era el cuadro más hermoso y decadente que he visto hasta ahora, y te aseguro que he visto unos cuantos. Aunque había algo que me molestaba sobremanera, y es que había mas polvo en los rostros y en los cuellos que encima de un viejo armario. Y la sangre mezclada con plomo… bueno, digamos que no es el mejor trago. Aunque me he adelantado un poco. Lo que quer…

—¿Qué me estás contando? ¿Me quieres hacer creer que tienes, qué, trescientos cincuenta años?
—Me alagas, joven Tristán, pero lo cierto es que tengo alguno más.
—¿Hemos venido hasta aquí solo para escucharte divagar fantasías con una copa de vino vacía en la mano?
—La impaciencia de la juventud… ¿Es que no quieres que sea tu Isolda?
—¿Qué? No sé quien es esa, y no me llamo Tristán, mi nombre es Hipólito.
—¿Y tu madre se llama Antíope?
—¿…Qué?
Tanto «qué» estaba empezando a exasperarla, y decidió poner fin a la situación. —Ven, acércate Tristán, voy a contarte un secreto al oído mientras me llenas la copa…

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