Runa de miel

Mesalina

—Dime ¿Qué ves?
—¿Seguro que no quieres que te llene la copa?
—No, gracias, hoy no me hará falta. Dime qué ves.
—Sufrimiento, desconsuelo…

Pasaba la media noche, y en la galería de arte privada «Mesalina», dos siluetas difusas aparecían erguidas a través de los cristales esmerilados.

—Mira más allá, siente la pintura.
—No entiendo qué es lo que quieres que vea, claramente evoca sufrimiento.
—Pensaba que eras algo más que una cara bonita, pero veo que solo eres un esnob, como todes les demás.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Crees que sabes mucho de arte?
—Algo sé… ¿Sabes? Después de todos estos años he llegado a la conclusión de que para apreciar el arte en su totalidad, hay que morir.
—¿Qué estás diciendo?
—Si, es justo lo que has oído. Esta pintura tan esplendida la pintó Alexandre Cabanel cuando tenía solo veinticuatro años. Sin duda era un joven bien dotado, y además, bastante apuesto.
—Eso lo sabe cualquiera.
—Cualquiera sabe que su nacimiento de Venus es exquisito, cualquiera sabe lo hermosa que es Albaydé. Pero tú solo ves el sufrimiento en esta obra.
—Qué dices, es el ángel caído, claro que está sufriendo, es evidente. Míralo bien.
—Lo he visto bien, lo vi cuando Alexandre lo pintó.
—¿Estás loca? Lo pintó en 1847.
—La locura y la cordura solo son máscaras para la maldad humana. Esta noche, mi atractivo y apuesto Geovani, vas a contemplar el arte del que tanto te jactas, como nunca lo habías visto.
—Espera… oye, oye, espera…

Pero su anfitriona no esperó. Con un rápido movimiento lo agarró por el cuello y lo levantó del suelo. Con una fuerza tal, que asemejó a un muñeco de trapo. Para terminar hundiendo sus colmillos en la templada carne. Y dejarlo caer frente al preciado cuadro.

—Dime ¿Qué ves ahora?
—…Ayúdame
—Ya te he ayudado, no seas llorón. Dime ¿Qué ves?
—R… Rabia…
—¡Eso es, Geovani! Es ese tipo de rabia que hace que te quemen las entrañas. Esa rabia impotente que hace que quieras matar, esa rabia que crees que te nubla la mente, pero que en realidad, te dota de una claridad abrumadora.
—Ayuda… me…
—Gracias por el paseo Geovani, lo cierto es que ha sido agradable. Y por la cena, aunque al final he sido la única que ha comido algo. Bueno, ahora que os conocéis mejor, os dejo a solas.

Los tacones resonando con gracia en el suelo de mármol mientras se alejaba, y la oscuridad que dejaron los fluorescentes al cerrarse la puerta, fue lo último que sintió. Al tiempo que clavaba su mirada muerta, en la de aquel hermoso ángel de alas negras.

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