Las gotas de vida, que asemejaban pequeños granates facetados, se desprendían de su muñeca al ritmo de los latidos de su corazón, llenando mi copa con rapidez.
Yo estaba encima de él, sentada en una de sus piernas, mientras abrazaba su atlética espalda con mi brazo libre. Parecía esculpido en mármol, era prácticamente perfecto. Y eso embelesaba mis sentidos, mucho más allá de lo carnal. Era como alimentarse de un dios griego.
Mi compañera nos observaba, con mirada felina, lo recuerdo bien. Y no tardó en acercarse para beber de mi copa, y de mis labios. El titán que nos acogía desapareció, y nos hundimos en el sortilegio que solo podía crear nuestro deseo mutuo. Convirtiéndonos en una sola, sobre aquel lecho de carne muerta.
Fue la última vez que la vi, la última luna que compartimos.
Maldigo aquel 4 de Marzo de 1877. Todo el mundo lo celebra por el estreno de «El lago de los cisnes» en el Bolshói, pero yo solo puedo acordarme de sus gritos antes de que se convirtiera en ceniza.
Aún puedo oler su perfume, 148 años después de aquel trágico amanecer. Cuando en la oscuridad de mi propia soledad, su silueta aparece ante mi, tentándome a dejar este mundo para reencontrarme con ella.