La luna, que caía llena de luz entre las pesadas cortinas, iluminaba su espalda desnuda, tan pálida como ella.
Era fácil rendirse a la imaginación al contemplarla allí tumbada, aparentemente frágil, como un terrón de azúcar cayendo poco a poco en absenta. Aunque la realidad era bien distinta.
La conocí hace tres semanas a las afueras de Estrasburgo, mientras me procuraba el desayuno. Dio la casualidad de que ella también se despertó con hambre, y después de unas miradas, y una coqueta sonrisa, decidimos ir a cazar juntas. No tardamos en intimar, aunque eso tampoco es nada especial cuando te dejas llevar por la sensualidad de la sangre y tienes al lado una cara bonita.
Lo que si era especial era el vínculo que rápidamente nos unió, algo parecido al amor, o eso queríamos creer.
Aquí sentada, mientas la miro descansar, no puedo evitar pensar en cuánto me dolería perderla. Aunque aparentamos la misma edad, su juventud es un soplo de aire fresco que atraviesa la polvorienta cripta que es mi alma. Y sus ocurrencias y ganas de comerse el mundo, en ocasiones literalmente, hacen florecer en mi interior las emociones que creí haber perdido hace tantísimos años. No sé lo qu…
—¿Qué haces ahí sentada? Ven a la cama, pronto amanecerá, lo noto. Odio despertar y no encontrarte a mi lado.