Runa de miel

St. Louis Blues

El mundo era una hoya a presión, llena de odio sin sentido que no tardaría en estallar. Otra vez.
Cuando llevas tanto tiempo caminando por este mundo, tienes que aprender a quedarte al margen, o morir definitivamente en el intento por cambiar algo que en realidad, es tan efímero como una bocanada de aliento en el espejo. Por supuesto, yo ya había aprendido a oler el peligro, pues siempre huele parecido, y me marché de Europa lo más rápido que pude.
1925 no fue un año… digamos que no fue un año muy bonito, ni muy especial en realidad. Aunque recuerdo con cariño aquella canción… cómo era… ah, si, St. Louis Blues, de Bessi Smith. Cómo me gustaba escucharla mientras me preparaba para salir a comer. Tuve que comprar otro disco, porque el primero terminó rayado. Y bueno, no me puedo olvidar del alzamiento del Art déco y de Tamara de Lempicka. Quizá si que fue un poco especial… Pero todo lo demás no fu…

—Estás muy buena para tener cien años.
—¿Muy buena? ¿Así le hablas a las mujeres?
—Venga tía, solo digo lo que veo.
—No me tendría que sorprender. Chupa de cuero, melena, una motocicleta ruidosa…
—Ese soy yo. Venga, ven conmigo, corta el rollo y deja de jugar con esa copa vacía.
—Tienes razón… ¿Qué tal si la llenamos?
—Cojonudo, vamos a ponernos a tono ¿Quieres que me quite la camiseta?
—Oh, si, muéstrame lo que tienes para mi.
—Eso está hecho, muñeca… —Respondió mientras se quitaba la camiseta, mostrando su asombrosamente proporcionado torso. —¿Qué? ¿Te gusta?
—Me encanta… sigo teniendo buen ojo, y un gusto exquisito.
—¿Nos ponemos a tono entonces? ¿Qué dices? ¿Tienes alguna birra?
—Claro, vamos a ponernos a tono. Puedo asegurarte que el tuyo va a cambiar a uno más pálido de un momento a otro.
—¿Si? ¿Eso es que me vas a dejar seco?

No respondió, solo fijó su mirada en la de aquel atractivo gamberro, y sin hacer ruido se acercó hasta él, subiéndose el vestido sin ninguna prisa, para quedar a horcajadas sobre sus piernas.

—Joder…
—Shhh… no hables, no rompas el hechizo de tu belleza… —Le susurró, justo antes de besar su cuello, como nunca jamás se lo habían besado.

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