Runa de miel

Han

Una persona de aspecto rudo, y gran fortaleza física, llamó a la puerta con suavidad, entrando en la habitación con cierta timidez. —Señora, ya me he desecho del cuerpo.
—Fantástico, Han ¿Me has traído el periódico?
—Si, aquí está. Recién impreso y planchado, es la primera edición de mañana.
—Bien… siempre que puedas, tienes que anticiparte. Recuérdalo.
—Claro, señora.
—¿Necesitas algo?
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Puedes.
—¿Por qué siempre se come a la gente guapa? Casi todes parecen modelos, actrices o cantantes.
—Imagina que vas al mercado, y te pones a elegir que repollo te vas a llevar a casa para la cena ¿Te llevarías uno con mal aspecto?
—No, cogería el que mejor aspecto tiene.
—Tú misma te has respondido.
—Ya… bueno, al menos yo no corro peligro.
—¿Por qué dices eso?
—Soy un adefesio, y parezco un hombre. Bueno, eso no es que me importe, me siento bien así, pero míreme, ninguna se me acerca.
—¿Eso piensas de ti misma? A mi me resultas bastante atractiva. El tipo de belleza que tienes no es común, pero eso no significa que seas fea. ¿O acaso crees que yo, orgullosa de poseer un gusto excelso, iba a tener una asistente fea? Estoy segura de que muchas mujeres estarían encantadas de caer en esos brazos tan fuertes que tienes. Pero no tienes de qué preocuparte, no me voy a alimentar de ti. Eres mucho más útil estando viva.
—¿Usted cree? No consigo conocer a nadie.
—Ah, eso simplemente es porque no estás en el lugar adecuado. Ve al 424 de Cortland Avenue, en Bernal Heights.
—¿Qué hay ahí?
—Un lugar muy especial, al que he ido en varias ocasiones. Prueba, verás como allí conoces alguna mujer que quiera comerte, en sentido figurado, claro. Te doy el fin de semana libre.
—¿De verdad?
—Si, ve y pásalo bien. Pero el lunes te quiero aquí a primera hora. Tendrás que hacer unos recados.
—Vale, si, si, estaré puntual, como siempre. Muchas gracias, señora.
—¿Necesitas algo más?
—Eh… ah, si ¿Qué hago con la moto?
—Haz lo que quieras con ella, pero se cauta, puede que tarde o temprano la busquen.
—Es verdad. Pensaba quedármela, me gusta, pero mejor se la voy a vender a un tipo que conozco.
—¿Con lo que te pago no te llega para una?
—Todo lo que gano se lo mando a mi madre. Vive en Colorado, y no está muy bien de salud.
—¿Todo?
—Si, ella lo necesita, los médicos no son baratos.
—Veo que no mientes. Ahora entiendo por qué vistes así, acércate, toma.
—¿Qué hay en el sobre?
—Dinero. Cómprate un traje bonito y unos zapatos nuevos. Ve a esta dirección, y di que vas de mi parte. No te pondrán pegas a la hora de vestirte como a ti te gusta. Si quieres un traje en vez de un vestido, te lo ajustarán sin hacer preguntas. Con eso debería de llegarte para todo, incluido el combustible para ir y venir de Bernal Heights, y pasarlo bien mientras estés allí. Pero te advierto una cosa. Si el lunes llegas aquí y no te veo con un traje y unos zapatos relucientes, te convertirás en mi almuerzo. Y disfrutaré, por fin, de las bondades de tu belleza.
—Le puedo asegurar que le haré caso. No sé como agradecerle todo lo que está haciendo por mi.
—No hay nada que agradecer. Yo te cuido de noche, y tú me cuidas de día. Anda ve, y deshazte de esa ruidosa motocicleta.

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