Runa de miel

El lamento de un chelo

Era mayo de 1927, me hospedaba en el hotel Continental, en Biarritz. La luna iluminaba el oscuro mar, tiñéndolo argento. La brisa acariciaba mi piel y en aquel entonces, disfrutaba la soledad y el cosquilleo de la arena escapando entre los dedos.
Días atrás, Charles Lindbergh hacía historia en el «Spirit of St. Louis», aunque después me enteré de que no fue tan pionero como pensaba. De igual manera, la gente estaba entusiasmada y se notaba en el ambiente. Todes soñaban con viajar de un continente a otro direct…

—¿Hacía frío?
—¿Ah?
—Perdona por sacarte de la historia. En esa playa por la que paseabas de noche ¿Hacía frío?
—No, la brisa era fresca, pero placentera en la piel.
—Me hubiera gustado pasear contigo, eres interesante. Y si esa noche ha quedado en tu recuerdo de forma tan nítida, seguro que fue una noche preciosa.
—Isabel, tienes nombre de reina.
—Y de santa, de escritora, cantante…
—Eres de mente ágil, eso me gusta, no es algo que abunde hoy en día.
—Quiero preguntarte algo ¿Responderás con sinceridad?
—Siempre lo hago. Adelante.
—Desde que te he conocido esta noche, me has hablado con calma, y tu voz me ha relajado tanto que he accedido a venir a tu apartamento, atraída también, no lo voy a negar, por tu peculiar belleza. Pero al mismo tiempo noto la amenaza detrás de cada palabra, algo me dice, algo me avisa… ¿Vas a matarme?
—Si, voy a hacerlo.
—Entiendo. No me resistiré.
—Puedo sentir que no tienes miedo.
—No, no lo tengo, estoy lista.
—¿No te inquieta que en 1927 tuviera la misma edad que ahora?
—Ahora tienes casi cien años más, aunque no los aparentes. O eres inmortal, o te has tomado una licencia artística llena de vanidad.
—Isabel… —Susurró acercándose a ella, rozando su mejilla con delicadeza, haciendo que cerrara los ojos. —Si ahora cortara el hilo de tu vida, tus palabras quedarían marcadas en mi corazón como el lamento de un chelo…

Instantes después, ante la aparente inactividad, Isabel abrió los ojos. Estaba sola, en mitad de aquel lujoso apartamento de luces tenues. Pensó en llamar a su anfitriona, pero entonces calló en la cuenta de que no sabía su nombre. Y desconcertada ante lo que había pasado, cogió su abrigo y lentamente, deseando que volviera a aparecer, se marchó de aquella ensoñación.

< ☮︎ >