Runa de miel

Judith

–Vaya, se te da bien contar historias.
–Gracias.
–¿No estás un poco pálida? Ahora que te veo con esta luz, te vendría bien si te diera un poco el sol.
–Oh, querida, espero que eso no ocurra nunca.
–No sé… yo creo que estarías más guapa.
–¿Es que no me ves bonita?
–No, digo si, no quería decir eso. Eres muy guapa.
–Hace años mi palidez era bien apreciada, incluso envidiada.
–Sería hace siglos.
–Si, bueno, años, siglos… Entonces, dime, Judith ¿Has decapitado hoy a alguien?
–¿Perdona, qué?
–¿No te suena un tal, Holofernes?
–Ni idea. Vaya nombre, seguro que es un viejo ¿A que si?
–Tengo que dejar de guiarme por este fetiche con los nombres que tengo… luego resulta que sois bastante simples. Últimamente me ocurre demasiado. Solo quiero una conversación interesante antes de cenar, tampoco es que pida mucho.
–¿Me estás llamando simple?
–Si, querida. Eres absolutamente preciosa. Me has tenido toda la noche sin poder apartar la mirada de la linea que dibuja tu delicado mentón, y cómo sostiene esos labios tan perfectos… pareces etérea… es… hipnótico… y además tienes un nombre lleno de fuerza e historia. Pero lo cierto es que eres más simple que ese cojín.

Judith quedó visiblemente confundida, y antes de poder asimilar lo que había escuchado para poder replicar, en un abrir y cerrar de ojos, su anfitriona apareció a su espalda. Y sosteniéndole el mentón con elegancia, como si fuera una rosa recién cortada, hundió los colmillos en su fino cuello, dejando que la improvisada fuente llenara su copa.

< ☮︎ >