Runa de miel

La gatita de canela

La brisa arrastra la historia, de una gata peculiar. Murmura que se crió salvaje, a la sombra de unos tilos. De valor y de uñas iba sobrada, pues no había un perro que le ladrara. Aunque los cortapichinas ya eran otra historia, que por suerte no abundaba.

Un día, mientras exploraba la linde de su territorio, con el rabo bien erguido, se topó con un sonido que nunca había oído. Y curiosa, como no podía serlo otra, avanzó hacia lo escondido.

Se encontró con una humana, que raro instrumento tocaba. Mientras en un bonito libro, tantos versos apuntaba. Y ante aquella melodía, sus maullidos aplaudía. Pues no había visto igual cantante, ni ella misma, tal artista errante.

Se hicieron amigas y viajaron hacia el norte. Por el camino vivieron muchas aventuras y también, por qué no decirlo, unas cuantas desventuras. Cosa que sirvió para unirlas aún más. Pues no se llega a conocer verdaderamente a alguien, si no le has visto reír hasta que le duela la barriga, y llorar hasta que le duela la cabeza.

En una de sus andanzas, la noche después de escapar del tabernero más grosero y cicatero que habían conocido. Y al que sin remedio tuvieron que robarle el honorario prometido. La gatita se despertó inquieta, y enseguida se sentó en el pecho de su compañera, para lamerle la nariz y despertarla, como siempre hacía. Pero la mujer bardo, aquella noche, había buscado con demasiado ahínco la inspiración en el hidromiel. Y por mucho que raspó con su lengua, no obtuvo ninguna respuesta.

Pero valiente como era, la apodada por su amiga, la gatita de canela. Que lejos de achantarse, abandonó la falsa seguridad de la tienda y salió a investigar.

Al principio todo le pareció normal. Los mismos olores, los mismos colores pastel y su amiga la yegua Qanun, también dormía plácidamente. Pero unos segundos después, el sonido de lo que creyó una campanilla, la sorprendió.

Se acercó a los matorrales despacio, como si estuviera cazando, y por fin la encontró. Era un hada del romero. Lo sabía porque eran de las pocas que no tenían alas, y claro, porque olía un montón a romero. El hada estaba intentando levantar un cascabel de plata. Seguramente uno de los que se le habían caído a su amiga humana aquella misma tarde, mientras montaba el campamento.

Y sin quererlo, sus miradas se cruzaron. El hada se quedó muy quieta, y la gatita, tensa como la cuerda de un arco con la flecha preparada, le sostuvo la mirada.

Pero en aquel mismo instante, la mujer salió de la tienda y caminando con cierto vaivén, quizá por el sueño, o quizá no, llegó hasta los matorrales. Y agachándose mientras se ahuecaba la falda, observó con inusitada naturalidad la peculiar situación.

La gatita y el hada se relajaron, sorprendidas. Y la bardo, con una sonrisa en la mirada, le dijo que se lo regalaba. Fue entonces cuando el hada pudo levantar el bello cascabel de plata, tan contenta, que se marchó saltando entre las musgosas piedras, emitiendo una bonita melodía.

Pues de todes es sabido, que un objeto mal robado, es más del doble pesado.

Al día siguiente, al amanecer, continuaron su camino. Las tres contentas, las dos maullando, y con un misterioso ramillete de romero, decorando su sombrero.

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