Runa de miel

El dragoncillo del mar de la serenidad

Cuenta la luna, que de argento tiñe al bosque.
Que años ha, en lo más profundo del valle de Ordesa. Había una cueva larga y sinuosa, aún sin explorar, donde vivía un pequeño dragón de piel nevada y cuernos claros. Este dragón era joven, quedóse huérfano hacía muchos años y para alimentarse, no cazaba a otros animales, ni le robaba el ganado a les humanes. Que poco a poco, le iban mermando el territorio. No, aquel dragón solitario solo se alimentaba de los rayos albares de la propia luna. Que cada noche, salvo en su novilunio, acudía a su cita vestida de plata.

Un día, como pudo serlo cualquier otro. Une zagale con alma de exploradore y corazón de aventurere, se topó con la cueva del dragón. Y allí, al fondo del oscuro túnel, lo encontró dormido profundamente. Enroscado, y con pausados anillos de humo saliéndole del hocico. El pequeño dragón se percató de su presencia, y alegre por tener compañía, y conocer a alguien, lanzó una llamarada que iluminó el techo de la caverna. Pero le zagale, lejos de tomarse aquello como una cálida bienvenida, se asustó tanto que salió corriendo de la cueva. Y el dragoncillo, apenado por haberle espantado, se volvió a enroscar sobre sí mismo, y se dejó atrapar por los brazos de Oniro.

No tardó en correrse la voz, y un numeroso grupo de personas, pertrechadas con horcas, ballestas, antorchas y otros objetos de cruel intención, se congregó frente a la cueva aquella misma noche.
El dragón podía oírlos, y podía oler su odio, fruto de la ignorancia, causándole un gran temor. Pues ese mismo olor, el del odio sin sentido a todo lo diferente, el del profundo prejuicio. Es el que lo dejó huérfano hacía un par de siglos, cuando apenas levantaba seis pies del suelo.

El más valiente, o el más babieca de aquel vulgo, se atrevió a entrar en la cueva. Y con una antorcha en una mano y un hacha en la otra, no tardó en encontrarlo. Y al lanzarse grito en pecho contra el dragoncillo, este, asustado y contra la pared, le propinó un involuntario coletazo que lo dejó inmóvil en el suelo. Probablemente inconsciente, o probablemente no. A quién le importa.

Acorralado y aterrado, lanzó un rugido desesperado, implorando a su vieja amiga mientras salía volando de aquella cueva, la cual había sido su hogar durante siglos. Y a la que ahora, mientras se alejaba, solo le unía la fina urdimbre de lágrimas que dejaba tras de sí.

Los congregados, temerosos, se taparon los oídos y se agacharon. Y su llamada, como no podía ser de otro modo, obtuvo respuesta. Pues una amistad verdadera, siempre está ahí cuando más la necesitas.

El dragón voló tan alto, siguiendo el camino de centelleantes rayos de luna que esta le marcó en el cielo, que la alcanzó. Y aún hoy en día, perpetuo por siempre, el dragoncillo vive junto a ella, dichoso y colmado de amor, en el mar de la serenidad.

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