Hace miles de años, en las Montañas de los Gigantes. Nació una niña con el pelo de oro y la tez de plata, y que por ojos, mostraba dos curiosas amatistas.
Ante aquel semblante, la desgracia que acompañó al parto y al no ser totalmente humana, la mágica niña fue abandonada. Pero contra todo pronóstico, sobrevivió.
Libre entre los barrancos, el cielo estrellado, los helechos y los frutos del tejo, que la cuidaron y como estos, terminó madurando y se convirtió en mujer.
Allí conoció a una humilde pastora, de alma tierna y brazos fuertes. Que poco a poco, se transformó en su dicha. Pues le demostró que aún siendo tan diferentes, el amor no entendía de apariencias. Y si en algún momento entendiera, es que no era verdadero amor. Atravesando así su frío tacto, hasta llegar a su corazón. Tan hermoso y tan cálido, como una flor en el rocío del verano.
Años después, y ya en secreto consorte, mientras paseaban de la mano a la luz de la media noche. Un cuco se posó en el hombro de la joven pastora, y sin vergüenza alguna, le cantó a terna. Y tres años después, cumpliéndose el mal augurio. La pastora, rozagante y vigorosa, amaneció marchita como un beso en el olvido.
Nadie supo la causa, nadie encontró el remedio.
La muchacha, abatida y desconsolada por haber perdido a su dulce compañera, corrió a la cueva donde la habían enterrado. Y lejos de las miradas humanas, que la culpaban por la desgracia, y la juzgaban por su origen y su aspecto, la lloró. La lloró durante tanto tiempo, que terminó siendo una con las rocas de la cueva. Sellando así la entrada, para que ni el tiempo, ni la vida ni la muerte, las pudiera volver a separar.
Milenios después, aún se pueden ver sus lágrimas atravesar las rocas, perennes como el más puro y acrisolado amor. Atravesando varios países y dotándolos de verdor. Desembocando, al fin, en el lejano y frío mar del Norte, encontrándose con las bravías aguas donde nacen los cuentos, y se forjan las leyendas.