Se cuenta que el mar tiene secretos. Y que las olas, al romper frente a la playa, los dejan escritos en la arena. Este, es uno de ellos.
Hace mucho tiempo, en un país cuyo nombre se ha perdido en las mareas. Un gran ejército con estandarte de muerte, se presentó ante sus fronteras. Y tanto les guerreres más avezades, como el antiguo linaje real, cayeron bajo su estocada de infortunio. Quemándolo todo a su paso, arrasando toda naturaleza, hasta conseguir que la noche se quedara sin estrellas.
Las gentes, humildes y en tiempo afables, se vieron arrastradas a la calamidad y al desconsuelo. Con el único y fino hilo de esperanza a punto de romperse, sin haber tejido un mejor futuro.
Pero entonces apareció.
Montada en un poderoso corcel armado, que hacía temblar la tierra por la que pasaba. Con el cabello al viento junto a las crines de su montura. Engalanada con una lanza y con el vestido ajado de verde bosque, coronado de cota dorada. Que sin ninguna duda en su fiera mirada, se lanzó ella sola contra las huestes del terror.
Nadie supo quién era. Solo que salió del último bosque que aún quedaba sin quemar. No era una reina, ni una princesa, ni una legendaria guerrera. Aunque tampoco le hizo falta. Pues para luchar contra una injusticia, y saber diferenciar lo que está bien de lo que está mal, solo hay que mirar con los ojos de les demás. Y sacar el valor que todes, sin excepción alguna, tenemos en nuestro interior. Para hacerle frente sin titubeo ni reserva.
Una estruendosa carcajada unánime, similar a un burlón coro de bajos, la recibió entre palabras indignas y golpes contra el escudo. Pero ella, de talante orgulloso y mano firme, arrojó con gran fuerza su lanza. Quedando profundamente hendida frente a ellos, atajando la mofa en el acto. Y para sorpresa de los villanos, y la de todo el país, la tierra se comenzó a separar con gran estrépito. Pero aquella mujer, lejos de asustarse, se bajó del caballo y desenvainó su brillante espada, levantándola con ánimo de desafío.
No necesitó más.
Pues la tierra siguió separándose y dejó paso al mar, alejándose del continente. Y para regocijo de todes, la guerra quedó atrás, la muerte y la desdicha, el miedo y la pena, se alejaba de elles como si todo el país fuera un barco que acababa de zarpar. Dejando atrás un puerto gris cubierto de tormenta.
Esa fue la primera, y la última vez que vieron a tan valiente y poderosa mujer. Si es que era tal. Pues igual que apareció, se desvaneció en lo profundo de la silvana floresta, para no volver jamás.
Y aunque todo el mundo sabe que las islas no flotan, esta sí que lo hizo. Vaya que si lo hizo.
Desde entonces, la mítica isla de Costa Lanza, se oculta en el ojo de una gran tormenta. Surcando los océanos y los mares de un lugar a otro. Como si unas gigantescas velas invisibles, hinchadas por un viento que nunca estuvo, la hicieran navegar durante leguas, pasando totalmente desapercibida. Salvo para las gentes de buen corazón que necesiten de su auxilio. Para las que siempre habrá un lugar entre su pacífica, sencilla y próspera sociedad.