Runa de miel

Na'imah y la estrella del desierto

Dicen que las arenas del tiempo se mezclan con la brisa de la historia, creando la ilusión de los recuerdos. Que se transmiten, junto a un vaso de té con menta, servidos en las dulces notas de un laúd.

Na’imah era una joven ya en edad casadera, bastante inquieta, alegre y sin aparente interés por el amor. Le encantaba viajar, leer, pasear por los zocos⁰ y aprender cosas nuevas. Privilegios que poseía gracias al oficio de sus acomodades progenitores. Su padre, Mas’ud ibn Mushin, un arquitecto de incipiente fama y su madre, la bella andalusí Dahbia al-Shaeira, una poetisa de igual éxito y respeto.

Ya había pasado más de un año desde que dejó la ciudad de Saraqusta¹. Después vivió unos meses al sur, en Rayya², luego, cruzó el mar y se fascinó con la imponente Fez. Y en aquel instante, después de atravesar las montañas, mientras observaba el anochecer desde la ventana de su alcoba, se encontraba en la ciudad fronteriza de Sigilmasah³.
Le habían prohibido salir sola, pues eran tiempos tumultuosos al sur del Tadrart⁴, y su vida podía correr peligro. Ya no estaban en al-Andalus, y tenían que tener más cuidado.

Somnolienta, se giró hacia la cama cuando un destello llamó su atención por el rabillo del ojo. Lejos, en el desierto, algo brillaba en la arena, y no era el fuego de una hoguera Amazigh⁵. Siguió observando con atención, y la creciente emoción, mezclada con su naturaleza curiosa y rebelde, le hicieron coger el petate y el odre de agua, para salir a hurtadillas en aquella dirección. Con la esperanza de encontrar, lo que ella imaginaba, sería una estrella caída del cielo.

Llegó casi al amanecer, exhausta por caminar sobre la arena suelta, que desafiaba cada paso que daba. Pero agradecida porque al-Qamar⁶ iluminaba su camino, que ya viéndose en mitad de la soledad de aquel inmenso mar de olas inmóviles, era la mejor compañera que podía desear.

El fulgor blanquecino que la había llevado hasta allí se concentraba en una solitaria roca, en la base de una gran duna. Poco a poco, y con cada paso que daba, la luz se tornaba más tenue, como si de alguna manera, quisiera evitar dañar sus ojos. No tardó en llegar, y su sorpresa se mezcló con miedo, al desaparecer la luz por completo y revelar la sinuosa forma de una serpiente blanca. Que la observó, con unos pequeños ojos llenos de calma. La cual le transmitió, y venciendo al miedo, alargó la mano hasta que tocó sus frías y suaves escamas, esbozando una sonrisa que precedió a un fulminante desmayo, fruto del cansancio.

Se despertó muy desorientada, preocupada por el castigo que le iban a imponer tras haber desaparecido en mitad de la noche. Pero para su asombro, estaba en su propia cama, y todo seguía tranquilo. Confusa y pensando que todo había sido un sueño, se recostó y alcanzó el vaso de agua que siempre tenía cerca. Fue entonces cuando se percató de que en su mano cerrada había un pequeño papel enrollado, a modo de pergamino, en el que pudo leer escrito con tinta dorada:

«En noche de fría luna creciente, bajo la mano roja de la antigua arquera, te esperaré en la novena duna de fadiy»

En aquel momento no entendió nada, hasta que miró al suelo y vio la arena en su calzado. No había sido un sueño, la serpiente, el desierto, todo había sido real. Pero seguía sin saber cómo había llegado hasta su cama, ni lo que significaban las palabras de aquel misterioso papel. Aunque tanta intriga lo único que hizo, fue darle más ganas de llegar al final de aquel asunto.

Pasó días dándole vueltas y más vueltas al acertijo de letras doradas, hasta que rendida, decidió pedir la ayuda de su madre. Ya que se citaba a la luna, y era una entusiasta de la astronomía. Al oírlas, su padre, intrigado, también se unió. Y entre les tres le dieron sentido a aquella taimada frase.

Resultó que la mano roja de la arquera, hacía referencia a la constelación de al-Jawza, no a los gemelos, sino a la antiquísima arquera que antes presidía el cielo del invierno, y que fue desplazada y olvidada a favor de al-Jabba, o como lo llamaban los griegos del pasado, Orión. Así pues, la mano roja era la estrella escarlata más brillante por encima del horizonte, que ahora coincidía con el hombro del cazador masculino. La noche de fría luna creciente hacía referencia al invierno, y a una luna no tan brillante como la llena, pero perfecta para poder observar a la antigua arquera. Y por último, la duna de fadiy, la duna de plata, junto a la estrella roja, sin duda marcaba un lugar exacto en el desierto, iluminado por aquella misma luna. O al menos, en teoría.

Después de explicarles que el papel simplemente se lo había encontrado debajo de una alfombra, y que seguramente formaba parte de algún juego de los antiguos inquilinos de la casa. Tanto la madre como el padre, quedaron conformes. Y sin perder el tiempo, comenzó a hacer cálculos. Llegando a la conclusión de que el día exacto para el misterioso encuentro, sería justo en tres semanas.

Mientras esperaba, sentada en la fría arena, se alegró de haber llevado más agua, más abrigo y más comida que la última vez. Estaba segura de que no desfallecería y, además, estaba descansada. Hasta ese momento de calma y soledad, la emoción y la curiosidad no le habían dejado lugar al sentido común. Y esperando a que la mano de la arquera le señalara el camino, le invadieron las dudas y la inseguridad. ¿Y si se trataba de un malvado ifrit⁷? ¿O de un ghul⁸? ¿O del mismísimo Iblís⁹? Y por eso la esperaba de noche en la novena duna, porque en al-Quran al-Karim¹⁰ se le menciona nueve veces…

Un escalofrío recorrió su espalda, al tiempo que los dátiles caían de su mano. Y a punto de levantarse para salir corriendo, una a una, las dunas que tenía delante, se comenzaron a iluminar con la luz de la luna. Y justo encima de la novena, se posicionó la estrella roja que estaba esperando. Dando comienzo al mismo juego de luces que había visto desde su alcoba la vez anterior. Y que de igual forma, la atrajo sin remedio.

Se acercó despacio, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, la luz desapareció casi en su totalidad. Solo permaneciendo como un leve resplandor, dotándola de brillo propio, en la piel de la mujer que ahora tenía delante.

Era muy hermosa, de rasgos tan delicados que costaba sostenerle la mirada. La cubría un sencillo, pero finamente elaborado, vestido de seda verde. Y su silencio, al igual que su sereno semblante, era el mismo que el del cielo estrellado.

Cuando aquella mujer dio tres pasos y quedó a menos de un palmo de Na’imah, mirándola a los ojos. Esta pudo sentir su cálido aliento, y notó su propio corazón latir con tanta fuerza, resonando en su cabeza, que pensó que se volvería a desmayar. Pero cuando aquel hermoso misterio besó sus labios, sintió como si todo el universo se concentrara en su interior y al mismo tiempo, explotara en un suspiro de creación. Dejándola sin aliento, pero a la vez, más viva que nunca.

Y entonces, cuando en un parpadeo la mujer se transformó en una brillante ave hudhud¹¹ de color blanco, y se marchó volando en dirección al amanecer como una estrella fugaz. Lo comprendió.

Volvió por sus propios medios hasta casa, totalmente ilesa, y después de explicar lo sucedido, esperar al momento adecuado y prepararlo todo. Se despidió de su familia y comenzó su viaje para realizar el Hajj¹².

Convirtiéndose, a su vuelta, en una mujer zahida¹³ conocida por les viajeres como Na’imah Sayidat as-Sahra al-Tahira¹⁴, una «solitaria» y con el tiempo, legendaria protectora del desierto. Que según dicen, aún se le aparece a les viajeres perdides entre las dunas, con un ave hudhud de color blanco posada en su hombro.

⁰:Mercados ¹:Zaragoza ²:Región (Cora) que abarcaba gran parte de lo que hoy es Málaga ³:Importante ciudad comercial destruida alrededor de 1393 e.c. ⁴:Nombre que recibía el monte Ayachi antes del siglo XVII ⁵:Conjunto de etnias autóctonas del norte de África ⁶:La luna ⁷:Genio de gran poder ⁸:Monstruo o demonio necrófago ⁹:Satanás ¹⁰:El noble Corán ¹¹:Abubilla ¹²:Peregrinación a La Meca ¹³:Mujer asceta ¹⁴:La dama pura del desierto

>