Cuarenta
Ayer hice mis primeros 40km, en el mismo día, con la bicicleta.
No solo para disfrutar de los parajes por los que pasé, que ahora voy con ellos, sino para ir acostumbrando a mi cuerpo a pedalear durante largas distancias. La meta es llegar a un mínimo de 60km sin terminar para el arrastre, y poder despertarme fresca al día siguiente para seguir pedaleando. Y así poder viajar tan lejos como me apetezca, sin estancarme al final de cada jornada. Porque lo bonito de un viaje, pues vaya, es viajar.
Me alegra mucho haber hecho esta primera excursión en otoño. Los parajes por los que avancé estaban cubiertos de tallos verdes, troncos blancos y hojas doradas, que caían a mi paso como si fueran llovizna de verano. Era precioso, estaba tan embelesada que se me olvidaba el dolor que sentía en las piernas. Y es que bordear el río entre sus sotos, y tener al otro lado los campos de labranza, e incluso cruzarme con algunes pastores y sus rebaños, era la típica postal bucólica de otra época, que todes tenemos en la imaginación. Y la brisa, fresca entre el carrizo, alzando sus misteriosos susurros. Junto al canto alegre de las aves y el crotoreo lejano de las cigüeñas… Oh, que idílico y placentero sentir. Cierro los ojos, abro el corazón al recuerdo y una sonrisa se dibuja en mi rostro. No va a ser fácil de olvidar.
El viaje de ida fue pausado. Paraba aquí y allá para hacer alguna fotografía, que iré poniendo en el portafolio, y también a descansar un poco y beber agua. Cuando llegué al destino que había marcado en el mapa, quedé igualmente maravillada. Había un extenso jardín de rocas, dispuestas en círculos acompañados de bancos en los que poder sentarse a descansar y contemplarlas, donde aproveché para comer.
Cada círculo era de unas rocas diferentes, y en su conjunto, mostraban la variedad que había en la región. Quedé fascinada con el círculo de alabastros. Pues si te acercabas lo suficiente a uno, parecía contener pequeños paisajes de alta montaña en su superficie.
También había varios centros de interpretación, a los cuales entré. Una cosa que siempre me pasa en estos lugares, es que me dan la bienvenida, me dicen que es lo que hay dentro y después, se me quedan mirando para terminar preguntando: «¿Me entiendes bien, hablas español?». Es algo que siempre me hace gracia, y me ocurre desde que tengo uso de razón, incluso a veces, me pasa por la calle. No sé si será por mi aspecto, o por mi actitud. Aunque quizá sea una mezcla de las dos cosas. Como sea, lo cierto es que me lo pasé muy bien en los centros de interpretación. Tenían todo muy bonito e interactivo.
El viaje de vuelta fue un poco más apresurado. Pues a las 17:30 empezaba a anochecer, y yendo a pie me hubiera dado lo mismo, pero ir con la bicicleta por esos caminos de piedra suelta de noche, y correr el riesgo de chocar con alguna más grande y caer, me pareció algo poco apetecible. Así que hice menos paradas, pero sin dejar de disfrutar del paisaje, que con el cambio de luz, incluso parecía otro. También vi un zorro, al cual iba a fotografiar. Pero al bajar la pata de la bicicleta, el sonido del resorte me delató, alertando al pequeño raposo. Una lástima, y una lección aprendida para la siguiente ocasión.
Al hacer esta excursión, he podido aprender y comprobar muchas cosas. Pero sobre todo, me quedo con dos:
La primera es que soy perfectamente capaz. Aunque ahora mismo, mientras escribo estas líneas, me duelan hasta las plantas de los pies, donde apoyé contra los pedales. La segunda es que mi bicicleta, por mucho que la miren con desaprobación, es igual de capaz que yo para hacer viajes largos. Además, con las modificaciones que le iré haciendo poco a poco, aún lo será más. Y de paso, yo también iré más cómoda.
Por supuesto, en que me respondan las piernas, empezaré a planear la siguiente excursión. Porque acabo de volver, y ya me muero de ganas por salir otra vez.