Runa de miel

73 penas y alegrías

Dejaba la ciudad cuando el sol aún no se había desperezado. El cielo estaba cubierto, y la mágica niebla invadía el horizonte.

Era día 18, y había que pedalear durante 73km. Mi mayor reto hasta la fecha.

El camino fue bastante monótono, sin grandes cambios. Aunque también tenía su encanto. Y en cuanto me alejé un poco más de la ciudad, fue todo para mí. No había nadie, y eso me hizo pedalear tranquila y conectar con el camino, algo que hasta ahora, solo había experimentado yendo a pie. Aunque no todo fueron maravillas.

La niebla, que me acompañó hasta pasado el medio día, humedeció tanto el ambiente, incluida a la que escribe estas líneas, que prácticamente fue como si estuviera lloviendo. Al fin y al cabo, atravesar la densa niebla, es literalmente atravesar una nube. Y junto al frío de pleno diciembre, digamos que me lo pensé tres veces antes de agacharme y enseñarle el culo al mundo, para poder mear.

Lo bueno es que el camino, aunque también de tierra, era mucho más llano, compacto y sin tantas piedras grandes como el anterior. Y como todo estaba mojado, tampoco había polvo en el ambiente.

Con los dedos de los pies congelados, avancé sobre una muralla del siglo XVIII. Fue una pasada. Pero con el culo aún en el mismo estado, como un helado de nata, y bien apretado, por si me caía al canal que la cruzaba. Pues el sendero por el que pasé era muy estrecho, sin barandilla y no daba lugar al error. Solo podía pensar en que si me caía al agua en mitad de la nada, sin nadie cerca y con el frío que hacía, me quedaría tiesa por la hipotermia aunque lograra salir.

Por suerte, pude atravesarla y llegar al destino. Donde el sol, por fin, me recibió con la caricia de sus rayos. Que aunque no daban mucho calor, algo reconfortaban. Ah, pero ingenua de mí. Las nubes y la niebla se habían marchado gracias al viento. Y pronto las echaría de menos.

Después de comerme la última manzana, y sin apenas descansar por el frío, ya que era peor quedarse quieta. Comencé el viaje de vuelta.

Pensaba que podría cruzar por otro lugar, pero un río atravesaba el camino. Así que volví a subir a la muralla, pero ahora con viento. Un viento que me acompañó durante todo el camino de vuelta, y que por supuesto, me dio en toda la cara.

Y en ese agónico regreso, fue cuando más cosas aprendí.

Lo primero, es que dos manzanas y un plátano, habiendo desayunado únicamente un vaso de avena, tila y miel, era muy poca comida para recorrer 73km en bicicleta. Hace falta mucha más energía para ello. Y si me hubiera llevado un par de bocadillos, además de la fruta. Habría tenido mucho menos frío y podría haber hecho frente al camino sin tanto esfuerzo. Con las energías al máximo. Lo mismo me pasó con el agua, llevaba muy poca, solo medio litro y no pude rellenarla. Con el desgaste extra que eso supuso. Porque si, hubo momentos en los que me sentía desfallecer.

Lo segundo es que no solo tengo que mirar si va a llover, también tengo que estar atenta al viento y la niebla. Sobre todo al viento. Ya que hubo momentos en los que tuve que desmontar y avanzar caminando, e incluso parar. Entre que ya no tenía fuerzas y el empuje invisible, me era imposible pedalear. Y la verdad es que lo pasé un poco (bastante) mal.

También, si voy a viajar en invierno. No solo tengo que hacerme con ropa para el agua, que ya tengo apuntada, y que me servirá para otras estaciones. Sino algo que abrigue un poco más y transpire, sobre todo en las extremidades. Porque llevaba los dedos de los pies verdaderamente congelados y me dolían. Tengo que hacerme con unos calcetines de lana, para llevar encima de las calzas. Por suerte, esta vez llevaba unos guantes, aunque ojalá hubieran transpirado un poco más.

Ya había anochecido cuando llegué a la ciudad. Y justo antes de entrar, me crucé con otra persona que también iba en bicicleta. Y cómo sería mi cara, que me preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que gracias y que no, porque no creía que me fuese a llevar en brazos hasta casa. Aunque no habría estado mal.
Poco después encontré una fuente y pude rellenar la botella. Lo que me dio alegría y fuerza para atravesar la ciudad, ya que vivo en la otra punta, y llegar hasta mi alcoba.

Estaba tan agotada, congelada y me dolía tantísimo todo. Que me comí todo lo que pude y me fui a dormir. Y ahora estoy aquí, fresca como una lechuga. E igual de asombrada que tú, que sabiendo lo que pasé ayer, estás leyendo esto.

Lo que me deja con el último aprendizaje de este viaje:
He podido con 73km sin comida, sin agua, congelada y con el viento en contra. No me he roto nada y ahora mismo, a la mañana siguiente, apenas estoy cansada o tengo molestias.

Olé mi chocho rubio.

¿Hasta dónde podré llegar bien alimentada, hidratada y con el clima adecuado?

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