El sol de la tarde, que pronto iluminaría todo con su elegancia crepuscular. Y el sencillo pero agradable pasto, que las acogía como si fueran dientes de león, aún sin soplar. Convertían aquel instante, en el que descansaban abrazadas la una a la otra, en el más bonito que pudiera ser pintado, en un lienzo de lino blanco. Solo las notas de piano, que salían con reserva del maltrecho altavoz, acompañaban el rítmico latido de corazón, que Célia escuchaba con tanta atención.
—Siempre me abrazas más fuerte cuando suena esta. —Dijo Ana. —¿Cuál es?
—Rêverie, de Claude Debussy. Es una pieza tan hermosa…
—No es más hermosa que tú.
Célia se ajustó en el hombro de Ana y la besó. —¿Quieres que volvamos ya?
—¿Tú te quieres ir ya?
—No.
—Pues entonces nos quedamos, se está muy bien aquí. Creo que hasta me he quedado frita durante un rato.
—Si que se está bien, es mi lugar preferido.
—¿Este prado?
—No, el prado no, tú. —Respondió, volviéndose a acurrucar contra ella. Cerrando los ojos para dejarse llevar por el latido de su corazón y las notas que lo teñían todo, de ese color tan hermoso llamado amor.