La música, las velas, las copas de rosado vacías sobre la mesilla y un susurro cerca del oído, seguido de un beso en el cuello, las hicieron caer con lentitud sobre la almohada.
La respiración que asomaba entre los labios, tan cálida y excitante en el intermedio de cada beso, era cada vez más audible. Y las manos dieron rienda suelta al deseo.
—Ana, para, para…
—¿Te he hecho daño?
—No quiero seguir, no puedo.
—Vale, tranquila, no pasa nada.
—Lo siento… no quiero defraudarte.
—¿Y cómo ibas a defraudarme?
—Ahí abajo… no es como crees.
—Célia, cariño, llevamos saliendo tres meses. ¿Crees que no imagino lo que puede haber ahí abajo?
—Pero a ti te gustan las mujeres.
—Claro, y por eso estoy ahora mismo encima de una.
—Ya, pero…
—Pero nada. Me da igual lo que tengas ahí, me lo pienso comer igualmente. Te quiero nena, y te voy a querer tengas lo que tengas entre las piernas. Una mujer es mucho más que un trozo de carne, este metido para dentro o colgando para fuera. No te des mal por eso, conmigo no.
—¿…Estás segura?
—Segurísima. —Dijo volviendo a besar su cuello. —Tus jadeos suenan como el arpa de Safo, y la pienso tocar durante toda la noche.
—Ana…
—Dime…
—Te quiero… —Susurró, antes de cerrar los ojos y rendirse ante su compañera.