Reposando sobre el escritorio de madera negra, su mano, tan pálida como el papel en el que rasgaba. El Ăşnico color que rompĂa aquel bosquejo a carboncillo, era el pĂşrpura que asomaba entre oro, con forma de amatista en uno de sus dedos.
La noche volvĂa a ser su dĂa. HacĂa meses que no veĂa la luz del sol, y tampoco la echaba de menos. El resplandor de la trĂ©mula vela, solitaria en el fino candelabro, era cuanto necesitaba. Además de la tinta, que inundaba sus pasiones con rĂos de incertidumbre.
Quizá fuera la locura, que ya venĂa a visitarla. O quizá un truco de su mente, para hacerla salir de su afanado cautiverio. Pero fuera como fuere, escuchaba su voz, lejana pero clara, saliendo de las profundidades de aquel tintero de aguas lĂłbregas.
No podĂa ser ella, pensaba, si ya estaba muerta. Aunque tampoco podrĂa serlo si siguiera estando viva. Pero era su voz, su inconfundible y musical tono de voz. Tan agradable y reconfortante, como un baño caliente despuĂ©s de una caminata entre la nieve.
Nunca respondĂa a sus preguntas, aquella voz, solo la llamaba. Insistente. Tanto, que hasta pensĂł en quitarse la vida para reencontrarse con ella. Recordando lo felices que habĂan sido, y lo injusto que habĂa sido el tiempo. Pero la duda, de si era o no era, hacĂa que siempre terminara soltando el tembloroso cuchillo, que caĂa al suelo con un ruido seco, junto a sus amargas lágrimas de amor.