Runa de miel

El pañuelo

Era sábado por la tarde, y Ana se preparaba para salir.

—Chérie, ¿En tu instituto no hacen estas reuniones?
—No lo sé, supongo que si… pero no es buena idea que vaya.
—¿Por? Así verías a tus amigas del insti.
—No tenía amigas… ni este aspecto… ni buenos recuerdos, la verdad.
—Entiendo, vente conmigo, lo pasaremos bien. Si te vistes ya, llegaremos a tiempo.
—Ya está… —Dijo al terminar de hacerle el nudo de la corbata. —Estás preciosa… ¿Me despertarás cuando llegues?
—¿No quieres venir?
—No pinto nada allí.
—Pero hay quien lleva acompañante, y nadie se queja.
—Mi amor, pero tu me has pedido que te acompañe en el último minuto, y a raíz de lo que te he dicho sobre mi instituto. Eso solo puede significar que asumías que ibas a ir sola.
—Cariño, yo…
—No estoy enfadada, ni siquiera un poco molesta. No te preocupes, es tu noche con tus viejas amigas. Y entiendo que necesites tu espacio, igual que yo necesito el mío. Si bebes no cojas el coche, por favor, pide un taxi, o me llamas y voy a por ti.
—No voy a beber, ya sabes que no me gusta.
—A veces bebemos vino o alguna otra cosa.
—Si, pero estamos cenando, o en algún momento íntimo aquí en casa.
—Es verdad.
—Estate tranquila, no voy a beber nada con alcohol, y voy a volver en mi propio coche. Además, estaré atenta al teléfono, si pasa algo no dudes en llamarme, y volveré antes de que puedas decir macaron.
—¿Me despertarás cuando llegues?
—Igual llego un poco tarde.
—No importa…
—¿Y ese tono? —Preguntó con picardía. —¿Tienes ganas o qué?
—Es que este traje te queda tan bien… me lo imagino con la chaqueta y la camisa abierta…
—Vente conmigo, lo haremos en el vestuario del gimnasio, como aquella vez en el baño del restaurante, ¿Te acuerdas?
—Claro que me acuerdo…
—¿Chérie… qué…?
Célia terminó de quitarse la braga, y doblándola con habilidad, se la puso en el bolsillo de la chaqueta a modo de pañuelo. —Ahora mejor, al traje le faltaba algo, y así no se te olvida lo que te espera cuando vuelvas.
—Nena… eso sería imposible.
—Si no sales ya, llegarás tarde.
Ana cruzó el umbral de la puerta y la besó. —Te amo, Célia.
—Y yo te amo a ti.

Ana entró en casa sin hacer ruido. Ya pasaban las tres de la mañana y cuando llegó al salón, se encontró a Célia dormida en el sofá, abrazada a un libro.

—Cielo… —Llamó con suavidad y sin efecto alguno. —Se te van a torcer las gafas… más aún… —Comentó en voz baja mientras se las quitaba. Para acto seguido, levantarla con cuidado y llevarla hacia la cama.
—¿Qué… qué ocurre? —Preguntó con voz soñolienta.
—No pasa nada cariño, soy yo, te estoy llevando a la cama.
—¿…vas a darme besos?
—Todos los que quieras. Ya estamos.
—No te vayas…
—Pero tengo que cambiarme y darme un agua.
—No.
—¿No? —Preguntó sonriendo.
—No… ven.
—Voy… ¿Aquí estoy bien?
—Si. —Contestó al acurrucarse contra ella como siempre hacía. —Aún llevas el pañuelo especial…
—Claro, algunas se han dado cuenta de lo que era y se han echado unas risas, pero en cuanto les he dicho que me lo había puesto la mujer más maravillosa del mundo, las risas se han transformado en suspiros.
—Habrás roto más de un corazón.
—Mientras no rompa el tuyo, los demás poco me importan. ¿Segura que no quieres que me duche?
—No, así estás bien, me gusta mucho como hueles. Bésame.
—¿Dónde?
—En los labios…
—¿En cuáles?
No pudo evitar sonreír. —An… en los de arriba…
—¿Así?
—Si… otra vez… tus besos son como los versos de una poesía… dame otro… no quiero dejar el poema a la mitad…

Ana la siguió besando y se puso encima de ella. Mientras Célia le desabrochaba la camisa despacio, saboreando el momento, haciendo realidad su deseo. Acariciando la cálida piel, que se descubría poco a poco, entre aquel traje que tanto le gustaba.

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