Bajo la sombra del tejo, la brisa mecía mi cabello con sobrenatural delicadeza. Apenas podía ver el cielo, solo las agujas verdes y los agridulces frutos, que colgaban tímidamente, como un firmamento hecho de pasión. Nada prosperaba a su sombra, salvo los pensamientos más altivos y los deseos más profundos. Y si cerraba los ojos, podía viajar entre mundos saltando de rama en rama. Hasta que un escalofrío de otoño, me hacía resbalar y volver a caer en la vernácula realidad. La sabiduría de su pretérito tallo, su belleza y la constante amenaza de su propio ser, que no dudaría en matarme si cometía un error. Lo convertía en el mejor compañero para un alma que se aflige colmada de amor, sin tener a quién entregárselo.