Runa de miel

Amelia

Aparqué la motocicleta al principio de la calle. Que hiciera ruido podía ser excitante, e incluso más seguro. Pero con los años aprendí que mientras estaba investigando, era mejor la astucia y el sigilo. Ya que si te escuchaban llegar, a veces no te abrían la puerta.
La dirección que conseguí gracias a mi contacto, era la de la casa de una amiga de Virginia Bouquet, a la cual ya habían interrogado, sin conseguir sacar nada en claro. Sabía que me habían dado la dirección como a quien le daban unas migajas, pero no perdía nada por intentarlo.

El edificio no era muy grande, y tenía un corte industrial bastante marcado. Sin duda, en su momento debió de ser una fábrica. Mi reloj de bolsillo marcaba las siete y cuarto, se estaba haciendo un poco tarde, así que llamé a la puerta con cierta autoridad. Era un viejo truco. Nada como poner a alguien nerviose, para saber si decía la verdad.

—Drusi… me has asustado.
—¿Amelia? No esperaba encontrarte aquí.
—¿Y por qué has venido a mi casa?
—¿Vives aquí?
—Claro, todo esto es mío. Es mi casa y mi negocio. En la parte que da a la otra calle, está la entrada al estudio de fotografía. Ya que estás aquí… ¿Quieres pasar?
—Si no te importa, me gustaría hacerte unas preguntas. Estoy investigando un caso.
—Anda pasa, puedes sentarte allí, dame tu abrigo… ¿Quieres un té? Está recién hecho.
—Si, te lo agradezco.
—¿Has venido en tu moto? No la he oído.
—He aparcado un poco más abajo. Espero que no te incomode responder a unas preguntas.
—¿Estás aquí por Virginia, verdad? Pobre chica… no se merecía algo así.
—¿Qué sabes sobre su muerte?
—Poca cosa. Solo lo que me dijo la policía cuando me interrogó. Creo que les saqué más información yo a elles, que elles a mí. Hacía una semana que no la veía. En ese momento yo estaba muy ocupade con un reportaje.
—¿Te dicen algo estas flores?
—Parecen lirios del valle, las blancas se usan en los ramos de novie, no sabía que también eran de color púrpura, son muy bonitas.
—¿Estás segure de eso?
—¿De lo del ramo de novie? Al cien por cien. Los he fotografiado a montones en los reportajes de boda. Toma el té, no te quemes.
—Gracias, ¿Virginia estaba casada?
—Prometida, se iba a casar dentro de poco.
—No puede ser una coincidencia…
—¿Has averiguado algo?
—Puede que si, pero es pronto para emitir un juicio. ¿No recuerdas nada más? Algo raro, por insignificante que parezca, algún cambio en el comportamiento de Virginia o de su entorno.
—No, lo siento Drusi… espera, puede que… la última vez que la vi, la noté un poco más nerviosa de lo habitual. Pensé que sería por la boda, ya sabes, pero dijo algo sobre el jardinero que no llegué a comprender.
—¿El jardinero? ¿Qué dijo?
—Algo de que la miraba de forma extraña. Era nuevo.
—¿Sabes algo de él?
—No, nunca lo llegué a ver.
—Amelia, has sido de gran ayuda, gracias por el té.
—¿A dónde vas?
—A mi despacho. Tengo que poner en orden todo esto para poder seguir con la investigación.
—De eso nada… parece que te he ayudado mucho, ¿No merezco una compensación?
—Lo nuestro terminó hace mucho tiempo.
—¿Estás viendo a alguien?
—No, no es por eso. Es que no es el momento.
—Deja al menos que te fotografíe. No me dejaste hacerlo ni una sola vez cuando estuvimos juntes.
—Sabes que no me gustan las fotos.
—Venga, Drusi, solo una, no tengas vergüenza. Se que es porque te ves fea por la cicatriz de la cara. Pero de fea tienes bien poco, y a mi me parece de lo más sexy, ya lo sabes…
—Está bien, pero solo una, y que sea rápido. Tengo muchas cosas que hacer.
—Ven conmigo…

No sé cómo lo hizo, pero al final pasé la noche con elle. Aunque dos no hacen si une no quiere. Así que me comí la hipocresía junto a esas pastas tan ricas, me terminé el té y aceleré rumbo al despacho. Allí tenía algo de ropa limpia y muchas cosas que poner en orden.

Algo que no me cuadraba, era que el poder adquisitivo de un jardinero no era muy alto, y los materiales utilizados en la caja que me dejaron, indicaban todo lo contrario. ¿Sería una táctica de despiste? Sabía que le asesine quería llamar la atención, buscaba el abrazo de la fama. Seguramente porque en su momento no apareció en los periódicos, y eso debió de ser un duro golpe para su ego. ¿Pero por qué elegirme a mi? Ese era otro de los misterios, que junto al licor dulce de Amelia, me estaban empezando a dar un terrible dolor de cabeza.

Ya en el despacho, y examinando la nota bajo la lupa, caí en la cuenta de que cada empresa de maquinas de escribir tenía cierto patrón, por el tipo de molde que usaban a la hora de hacer las letras. Iría a preguntar, quizá descubriera si era una maquina cara, o le asesine solo quería que lo pareciera. Eso cerraría mucho el abanico de sospechoses, que de momento abarcaba a toda la ciudad. No me gustaba caer en clichés, así que ni fumaba, ni llevaba sombrero, ni tenía une compañere fiel con le que ser condescendiente. Pero la lupa era realmente útil… y el pequeño Colt del .38 que había bajo mi axila, también.

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