Era verano por la tarde y Célia estaba tranquila, tarareando la pieza de Fanny Mendelssohn que tanto le recordaba a Ana, mientras hacía la colada.
–¿Cielo, has visto mis Calvin?
–¿Tus qué?
–Los boxer de tío que me gustan tanto.
–Ah, si, los he metido en la lavadora ahora mismo. Si te corre mucha prisa te los puedo lavar a mano, y entre el calor que hace y el secador, los tendrás enseguida.
–No no, no te preocupes, me pondré otra cosa.
–Vale, termino en un momento ¿Tenderás tú la ropa? La cesta siempre pesa un montón.
–Si, en cuanto termine la lavadora me pondré a tender.
–Pero acuérdate, que luego sino la ropa huele raro… ¿Qué pasa?
–Nada…
–Como estás ahí mirando… ¿Seguro que no pasa nada?
–Te estoy mirando el culo, Célia.
–¿Eh?
–Con este calor y ese camisón tan corto, tanto agacharte y volverte a agachar, a una le dan ganas de mirar un poco.
Célia comenzó a sonreír, pero sin darse la vuelta, para que Ana no pudiera verla. Y con disimulo, se subió un poquito el camisón, comenzando a agacharse de forma menos discreta.
–¿…Y te gusta lo que ves?
–Joder nena, me encanta…
–Pues se acabó el espectáculo. Esta lavadora ya está en marcha, acuérdate de tender cuando termine. Yo voy a relajarme un ratito pintando, que me lo he ganado.
En ese momento Ana la cogió por la cintura, y levantándola como si no pesara nada, la sentó encima de la lavadora. –No tan deprisa, chérie…
–Cómo me gusta cuando haces eso… –Respondió, abrazándola con las piernas y rodeando su cuello con los brazos, para besarla con deseo.
–Joder, si lo sé vengo antes…
–Quítame el camisón…