Me proyecto sentade en un cubo de cristal, y mi luz rebota infinita, creando un espejo de irrealidad en el que no me reconozco.
En mitad de la arena de una playa de zafiros, atisbo a lo lejos un bosque de niebla, donde el miedo perdura entre el silbido de la quietud.
Me columpio entre hojas de olivo, diminute, abrazando una soga de esperanza, que se deshila entre palabras de ignorancia, bañadas de maldad.