De repente, he empezado a escuchar la campanilla de una bicicleta.
No como avisando... ¡Sino clamando!
Y tal que damisela aburrida por vivir,
prenda en mano he salido a la tronera.
Esperando encontrar a mi amado,
en su precioso corcel biciclado.
Pero vaya... ¡Que ni fama, ni afamado!
Pues allí solo estaban mis ganas,
por vivir de corazón acelerado.